Por qué la IA tiene que ser infraestructura antes de que la repartan los mismos de siempre.
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Dos noticias en la misma semana
En la misma semana en que un laboratorio anuncia que tendremos «un país de genios en un centro de datos», el Observatorio de Emancipación publica que solo el 14 % de los jóvenes españoles vive fuera de casa de sus padres. La edad media para irse: 30 años. El Observatorio abre su informe confesando que ha perdido la cuenta de las ediciones en las que anunciaba el peor dato desde que hay registros.
No es una coincidencia que me moleste por morbo. Es la contradicción que no consigo quitarme de la cabeza desde hace meses. Llevamos tres años escuchando que la inteligencia artificial va a traer abundancia: curar el cáncer, duplicar el PIB, liberar a la humanidad del trabajo que no quiere hacer. Y mientras tanto, la generación que debería heredar esa abundancia no puede pagar una habitación.
En Europa, uno de cada cuatro jóvenes de 15 a 29 años vive en una vivienda sobreocupada. Entre los que están en riesgo de pobreza, casi la mitad. Tres de cada diez jóvenes españoles están en riesgo de pobreza o exclusión. Estos no son datos de un país en crisis. Son datos de un continente en pleno ciclo de inversión en IA, con centros de datos anunciados cada semana.
La vivienda es solo el ejemplo más visible. Podría hablar de salarios que no siguen a los precios, de contratos parciales, de llegar a fin de mes con una carrera y dos idiomas. Lo que tienen en común no es la economía: es que llevan años encima de la mesa de la misma clase política, que los mira, los cita en campaña y no los resuelve. La pregunta que quiero hacer aquí no es si la IA creará riqueza. Creo que sí. La pregunta es si vamos a dejar que la repartan los mismos que no han sabido repartir lo anterior.
Los medios de cognición: la nueva brecha de la IA no es de acceso, es de propiedad
Durante veinte años hablamos de brecha digital y entendíamos algo sencillo: quién tiene conexión y quién no. Esa brecha se ha cerrado casi del todo en Europa y la hemos dado por resuelta. Pero la brecha que viene no va de acceso. Va de propiedad.
Dos sociólogos, Massimo Ragnedda y Maria Laura Ruiu, acaban de publicar un libro con una idea que me parece la más útil de todo este debate: estamos pasando de desigualdades de participación a desigualdades de predicción. El poder se concentra en quien posee y controla lo que ellos llaman los medios de cognición. Me gusta el término porque es un guiño evidente a los medios de producción, y porque describe exactamente lo que veo cada día. Yo prefiero hablar de economía de la cognición: quién produce la inteligencia, quién la alquila y a qué precio. Porque eso, al final, es lo que decide de qué lado de la brecha te quedas.
Seamos honestos sobre quién puede hacer qué, y empiezo por mí. En casa tengo dos equipos. Uno, con una RTX 4070, es mi banco de pruebas: ahí cargo modelos, los pruebo, entreno cosas pequeñas. El otro, con una 5070, es el del día a día. En él corre mi propio Whisper y un pequeño estudio de voz: transcribo audios y documentos, convierto artículos que quiero leer en audio y me los llevo al móvil para escucharlos mientras camino. A la formación interna de mi departamento de Data e IA le genero una versión en audio de cada capítulo. De vez en cuando experimento con sintetizar voces, por el gusto de ver hasta dónde llega. Y con Apollo genero música electrónica experimental, con sus vídeos y sus mezclas: no para publicarla, sino para entender qué pasa cuando la máquina compone y yo solo decido.
Y hay un tercer aparato, el más pequeño y el que más dice de hacia dónde va esto: una Raspberry Pi 5 con el AI HAT+ 2 y 8 GB extra. En ella corre Paperclip sobre OpenClaw como mi sistema orquestador de agentes. Tengo un agente financiero, uno legal, un planificador, un gestor de conocimiento y un ingeniero de infraestructura. No son cinco chatbots: comparten un arnés hecho de skills, hooks, memoria y un contexto dinámico de mis «cosas», de modo que cada uno sabe lo que el otro ha decidido. Es, literalmente, un pequeño departamento personal corriendo en una placa del tamaño de una tarjeta de crédito.
Nada de eso depende de una suscripción. No me lo pueden recortar, ni cambiar de precio, ni cambiar de comportamiento una mañana cualquiera. Es mi Neo particular: no lo entiende todo, pero me programa lo que necesito para vivir experiencias que antes requerían un equipo de personas. Y ha costado lo que cuesta: dos tarjetas gráficas, una placa con acelerador, muchas horas y una formación que no todo el mundo tiene.
El resto, que es casi todo el mundo, alquila. Paga veinte euros al mes por una ventana a una inteligencia ajena, con las condiciones de uso que decida el propietario, con la memoria que el propietario decida darle y con los sesgos que el propietario decida no corregir. Y cuando no pueda pagar esos veinte euros, porque son veinte euros que compiten con el alquiler de la habitación, se queda fuera.
El Banco Mundial lo resume en una frase: el cómputo es la nueva electricidad, esencial y desigualmente distribuida. Pero yo diría que la electricidad era mejor metáfora de lo que parece. Lo que cambió la vida de la gente no fue que existiera la electricidad, sino que se decidió, políticamente, que llegara a todas las casas al mismo precio. Nadie tenía que montarse su propia central. Con la IA todavía no se ha tomado esa decisión. Y mientras no se tome, la diferencia entre quien se monta su central y quien alquila la luz por horas será la nueva barrera entre sociedades. Precisamente la que muchos de los que trabajamos en esto decimos querer evitar.
Wall-E y Ready Player One: dos futuros que no quiero
Cuando hablo de esto con gente fuera del sector, las dos imágenes que salen son siempre las mismas. Me sirven porque son los dos extremos de un mismo error.
La primera es Wall-E. La humanidad flotando en una nave porque la Tierra ya no sirve, cada persona en su sillón, la pantalla a un palmo de la cara, sin caminar, sin huesos que aguanten su peso. La máquina lo hace todo y la gente ya no sabe hacer nada. Es la distopía de la pasividad: abundancia garantizada a cambio de la atrofia.
Y no es ciencia ficción del todo. Un estudio del MIT Media Lab de 2025 midió la actividad cerebral de estudiantes escribiendo con y sin asistente. Los que dependían solo del chatbot no podían citar su propio texto ni defender su argumento. Los autores lo llaman deuda cognitiva, y lo más inquietante es el matiz de equidad: quien parte con menos habilidad acumula esa deuda más rápido y se beneficia menos. La nave de Wall-E no es para todos. Es para quien no pueda permitirse no subirse.
La segunda imagen es Ready Player One. Gente apilada en contenedores, una encima de otra, y su manera de escapar es entrar en un mundo virtual donde cada uno tiene otra identidad y otra vida. Allí lo que se valora son las gafas más potentes, el traje más sensible, el equipo que te da precisión para operar mejor en una economía con su propia política y su propia red de poder. Es la distopía de la evasión: la realidad se ha vuelto invivible y la tecnología no la arregla, solo te vende una puerta para no mirarla.
Fíjate en que las dos aceptan la misma premisa: que el mundo físico, el de las casas, los salarios y la comida, ya está perdido, y que la tecnología solo decide cómo lo sobrellevas. Rechazo las dos por eso. No porque sean exageradas, sino porque esa premisa es, en el fondo, una coartada. Es la que permite a quien gobierna hablar de la IA como del futuro mientras el presente se le pudre en las manos. Si un joven de 26 años dedica el salario entero a una habitación, la pregunta no es qué modelo de IA le ponemos en el móvil. Es por qué quien tiene la capacidad de decidir prefiere inaugurar centros de datos a resolver lo que lleva una década sin resolver.
Los netócratas ya estaban aquí
Lo que Ready Player One cuenta como ficción, dos suecos lo escribieron como tesis en el año 2000. Alexander Bard y Jan Söderqvist publicaron Netocracia con una idea que entonces sonaba a provocación: después del capitalismo, el poder no estará en quien posee los medios de producción, sino en quien clasifica y distribuye la información. La única moneda dura de la red es la atención. Frente a esa nueva élite, los netócratas, describían una nueva clase baja a la que llamaron consumtariado: gente cuya función principal es consumir, regulada desde arriba.
Veintiséis años después, la descripción es casi literal. Y la IA le añade una vuelta de tuerca que Bard no podía prever: ahora quien clasifica la información no es un editor ni un algoritmo de recomendación, sino un modelo que conversa contigo y que te responde con la amabilidad de un amigo. El consumtariado no solo consume contenido. Consume criterio.
Aquí está el punto que me parece más importante de todo el artículo. La netocracia no se define por cuánta tecnología usas, sino por si estás del lado que la configura o del lado que la recibe configurada. El que tiene su modelo en local y le ajusta el comportamiento está en el primer grupo. El que paga la suscripción y acepta las condiciones está en el segundo. Y la diferencia entre ambos no es de talento. Es de tiempo, de dinero y de formación. Es decir, es la misma diferencia de siempre, con otro nombre.
Una aclaración, porque la palabra es ambigua. Netocracia también se usa, sobre todo en Estados Unidos, para lo contrario: democracia habilitada por internet, donde la política de temas sustituye a la de partidos. Yo la uso en el sentido de Bard: una élite, no un sistema. Aunque, curiosamente, la segunda acepción es la que me gustaría que acabara teniendo razón.
La tercera vía: la IA como infraestructura, no como producto
Si rechazo la nave y rechazo las gafas, tengo que decir qué quiero. Y lo que quiero cabe en una idea: que la inteligencia artificial se trate como infraestructura, no como producto. Como el agua, la electricidad o la carretera. Algo que llega a todas las casas, que nadie tiene que montarse por su cuenta, y cuyo precio y comportamiento no decide un propietario privado una mañana cualquiera.
No es una fantasía. Hay piezas encima de la mesa. Sam Altman ha propuesto un presupuesto de cómputo para todas las personas, una especie de renta básica de inteligencia. Europa ha puesto en marcha las AI Factories, cómputo público subvencionado para quien no puede pagar una nube privada. India ha lanzado su propia misión nacional. Y existen modelos de pesos abiertos que cualquiera puede ejecutar sin pedir permiso. Son piezas sueltas, pero el dibujo se intuye: cómputo público, modelos abiertos y derecho a auditar lo que te afecta.
Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía en 2024, lleva años diciendo que la tecnología no reparte sus beneficios sola: los reparte, o no, según quién decida cómo se implanta. Y advierte de una dinámica que me preocupa más que los robots: quien gana dinero con la IA gana influencia política, y con ella decide las reglas de la siguiente ronda. Es un bucle. La única forma de romperlo es decidir las reglas antes de que el bucle se cierre.
Hay una segunda cara de esta tercera vía que me interesa casi más, y es la política. Tendemos a pensar que la IA va a polarizar más, porque eso hicieron las redes. Pero un experimento publicado en Science en 2024 cuenta otra cosa. Un equipo de DeepMind entrenó un modelo, la Máquina de Habermas, para mediar entre grupos de británicos que discutían sobre el Brexit, la inmigración o el salario mínimo. El modelo no daba su opinión. Escuchaba a todos, redactaba una declaración común y la iba corrigiendo con las críticas de cada uno. Los grupos acabaron menos divididos que con mediadores humanos, y las voces minoritarias quedaron incorporadas en el texto final.
Eso es lo que entiendo por una IA enfocada a lo humano: no una que decida por nosotros, sino una que nos ayude a oírnos sin el ruido de la ideología. No le pido a la IA que tenga razón. Le pido que me ayude a entender qué quiere de verdad el que piensa distinto. Y para eso, otra vez, tiene que ser una infraestructura de la que nos fiemos, no un producto cuyo dueño tiene intereses en el resultado.
Lo que no es inevitable: una decisión política
Vuelvo a las dos noticias del principio. El país de genios en un centro de datos y el 14 % de jóvenes emancipados. La tentación es tratar la primera como el futuro y la segunda como el presente que ese futuro arreglará. Yo creo que es al revés: la segunda noticia es la prueba de cómo se reparte la abundancia cuando quien debe decidir no decide. Y la primera es la próxima abundancia que esas mismas personas van a tener que repartir.
La vivienda, los salarios, la precariedad: ninguno de esos problemas se quedó sin resolver por falta de tecnología. Se quedaron sin resolver porque a una generación entera de responsables políticos le ha salido más rentable gestionar el problema que acabar con él. Con la inteligencia artificial estamos a tiempo de que no pase lo mismo, pero solo durante unos años, los que tarde el bucle de Acemoglu en cerrarse. Y ese bucle se cierra, precisamente, en el despacho de quien hoy no decide.
No quiero una nave con sillones ni un casco para no mirar la calle. Quiero que un chaval de 26 años, con o sin formación técnica, tenga su inteligencia como tiene su luz: en casa, suya, a un precio que no le quite el alquiler. Y quiero que esa misma inteligencia nos sirva para discutir de todo esto sin gritarnos y, sobre todo, sin que nadie pueda esconderse detrás de la ideología para no hacer nada. Nada de esto es una predicción. Es una decisión. Y ya sabemos quién lleva años sin tomarla.
Ideas por encima de código; evidencia por encima de humo.
Fuentes
- Observatorio de Emancipación, Consejo de la Juventud de España (vía Forbes España)
- Youth Wiki: Housing affordability for young people in Europe
- Ragnedda y Ruiu, The Inequality Regime of AI (Routledge, 2026)
- Banco Mundial, Digital Progress and Trends Report 2025
- Acemoglu y Johnson, Power and Progress (MIT News)
- Tessler et al., «AI can help humans find common ground in democratic deliberation», Science, 2024
- Bard y Söderqvist, Netocracy
- Deuda cognitiva, estudio del MIT Media Lab (Diginomica)
- Altman y el presupuesto de cómputo (The Decoder)

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